Economía política para dummies.

Cuando comienza el curso académico y los futuros economistas de formación y apologetas de la indecencia de profesión se incorporan a lo que, durante los próximos 4 años, será su nueva vida universitaria, es muy probable que ninguno de ellos haya oído hablar de que en economía hay diferentes escuelas del pensamiento con enfoques radicalmente distintos acerca de la ciencia que, con más o menos acierto, se disponen a estudiar. Lo increíble, por raro que parezca, es que la inmensa mayoría abandone sus estudios universitarios y se aventure al maravilloso mundo de la vida laboral sin haber oído hablar ni una sola vez de este asunto, con el mismo desconocimiento con el que, inocentes, iniciaron sus andanzas en una carrera que creían iba a ser objetiva.

Los profesores de economía, ya sea debido a una dudosa honradez o simplemente a un desconocimiento vergonzante se encargan personalmente de que ningún alumno conozca que todo aquel conocimiento que les es impartido se adscribe a una escuela específica del pensamiento económico. Así, por ejemplo, cuando el profesor comienza las clases hablando de la utilidad marginal sin encuadrarla dentro de la escuela neoclásica no sólo está incurriendo en una extraordinaria falta de honestidad para con sus alumnos, si no que además les está haciendo creer que éste es el único enfoque válido existente.

Por lo general podemos dividir el pensamiento económico en tres grandes escuelas: La liberal, la keynesiana y la marxista. Sin duda, la escuela hegemónica por excelencia, y más desde los años 80, es la neoclásica. Prácticamente un 90% de los profesores imparten esta doctrina que apela por el laissez faire et laisser passer le monde va de lui même. Es decir, se trata de una doctrina que afirma que dejando a las fuerzas del capitalismo actuar libremente, todas sus desviaciones, sus errores (entendiendo por errores lo que sea que entiendan los economistas neoclásicos) y sus problemas se autosolucionarán; que cada uno recibe lo que aporta, que todos los agentes económicos están en igualdad de condiciones y que, cómo consecuencia y como causa, el capitalismo es un sistema esencialmente justo (sí, y solo sí, se deja a su libre albedrío). La escuela hegemónica, la “economía ortodoxa”, se trata de una doctrina de celebración de lo existente.

Por otro lado tenemos a ese 10% de profesores que constituyen un verdadero núcleo de resistencia en las universidades, que son mirados con recelo por sus compañeros y que en muchos lugares del mundo (USA) son tildados de locos y prácticamente marginados: los economistas keynesianos. Esta escuela del pensamiento, fundada por el economista británico John Maynard Keynes, se caracteriza por rechazar muchos de los postulados de la escuela neoclásica. No, a la luz del empobrecimiento general, del paro existente, de la miseria provocada por el capitalismo es inaceptable afirmar -dicen los keynesianos- que dejando actuar libremente al capitalismo este vaya a solucionar los problemas sociales. El capitalismo necesita un correctivo, necesita una fuerte intervención estatal para funcionar correctamente. Si la tasa de paro crecía excesivamente el gobierno debía crear puestos de trabajo mediante proyectos estatales en caso de que el sector privado no pudiera asumir toda la demanda de trabajo, había que introducir dinero en la economía si esta sufría una recesión, etc…

Para la academia universitaria, para los medios de comunicación y para la sociedad en general estas son las dos únicas opciones posibles, las dos únicas escuelas existentes, y así es también, por supuesto, para los alumnos universitarios del grado de economía. Cuando observamos atónitos los debates encarnizados que se producen en la sexta noche entre dos economistas, donde uno llega a preguntarse si realmente ambos estudian la misma disciplina, no tengan la más mínima duda de que se trata de un debate entre un defensor de la teoría neoclásica por un lado y de un defensor de la keynesiana, por otro.

Y bien ¿dónde queda aquella tercera escuela que mencionábamos al principio, la marxista? Para entender su situación es fundamental conocer lo que sigue: la escuela marxista se distingue del resto de escuelas económicas en una particularidad básica. Mientras que las dos primeras son defensoras del capitalismo en mayor o menor medida (la neoclásica lo celebra, la keynesiana considera que, para su correcto funcionamiento, totalmente plausible, es necesario introducir medidas), el marxismo constituye la única escuela económica que es crítica acérrima de éste. No sólo niega que el capitalismo sea incapaz de solventar los problemas sociales sin ningún tipo de intervención, si no que considera que el capitalismo en general, se tomen las medidas que se tomen, es incapaz de dar lugar a una sociedad justa e igualitaria. Quizás, y a la luz de esto, uno pueda empezar a entender el motivo por el que los economistas marxistas han sido totalmente expulsados de la academia, no aparecen en los medios de comunicación (ni en la Sexta, su cadena de izquierdas) y, por lo demás, se trate de evitar a toda costa que la población conozca de la existencia de esta forma de mirar a la economía y al mundo por extensión.

Es este el motivo por el que creo necesario dar aquí una pequeña introducción a la que, a mi juicio, constituye la culminación de la mejor tradición del pensamiento económico, aquella que no teme examinar la verdad porque no tiene nada que perder. Huelga decir que, como toda aproximación verdaderamente científica a procesos complejos, y más tratándose de una ciencia social donde la mayor parte de las veces no podemos servirnos como instrumento de análisis más que de la facultad de abstraer, determinados asuntos dispondrán de cierta dificultad de comprensión. Y es que “En la ciencia no hay caminos reales, y sólo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados”¹.

 

                                      Antes de comenzar…

Intentar explicar las bases teóricas del marxismo desde cero y a un público que seguramente ya parta con ciertos prejuicios acerca del mismo no es fácil. En primer lugar, porque constituye una cosmovisión totalmente nueva acerca de la realidad: no es fortuito que, precisamente, gran parte de la tarea teórica del marxismo consista en luchar contra ese gran espectro ideológico identificado como “sentido común”.

“La filosofía es la crítica y la superación de la religión y del sentido común, y de este modo coincide con el “buen sentido”, que se contrapone al sentido común.”- Afirmará Gramsci.

En segundo lugar, porque su propia naturaleza lo hace inheréntemente conflictivo. El marxismo es, ni más ni menos, una rama de la economía política; esto es, trata de explicar, valiéndose del uso de una metodología científica, el modo en que una sociedad dada produce, distribuye y se otorga sus propios medios de subsistencia.  No es de extrañar, pues, que sus conclusiones teóricas tengan una repercusión directa en la forma de interpretación de la sociedad y la posible praxis política.

Por último: El marxismo ha sido considerado típicamente como el sistema metodológico mediante el cual se han regido distintas naciones a lo largo de la historia, con todas las consecuencias políticas e ideológicas que ello implica. No es el objetivo de este texto entrar a discutir si los diferentes estados que se han reclamado históricamente como comunistas pueden realmente considerarse así; sí hay, sin embargo, que dejar claras una serie de consideraciones:

  1. El marxismo no constituye ningún tipo de “guía” para la construcción de nuevas sociedades.
  2. Las sociedades no son o dejan de ser “marxistas”. El marxismo es un método de análisis del capitalismo. Hablar de sociedades, estados o naciones marxistas es tan absurdo como hablar de sociedades einstenianas o naciones darwinistas.
  3. Lógicamente, del estudio científico de la realidad social se pueden (y deben) extraer posicionamientos políticos. Aún así, aquí se intentarán explicar las categorías teóricas del marxismo desde un punto de vista meramente objetivo. Así, cuando se hable de explotación se hará referencia al término como concepto objetivo que define una determinada relación social que efectivamente se da en el modo de producción capitalista. Los posicionamientos morales o éticos quedan (o intentarán quedar) fuera de toda consideración.

 

                            Comencemos por lo básico: Mercancías.

El Capital comienza de la siguiente manera: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un «enorme  cúmulo de mercancias».” (el énfasis es mío).

Puede resultar chocante que una obra destinada a la crítica de la economía política tradicional (así versa su subtítulo) empiece con el análisis de las mercancías y no con la enumeración de las miserias provocadas por el sistema o los errores de sus contemporáneos. Si esto es así es debido al método expositivo de El Capital: partir de los fenómenos más tangibles y concretos para bucear en su significación profunda y luego retornar a la superficie con todo el arsenal teórico disponible. Tanto da; de lo que se trata aquí es de exponer de manera breve los resultados arrojados por la investigación científica de los hechos. Por lo tanto, en la medida de lo posible, se omitirá el método en que estos han sido descubiertos.

El primer fenómeno con el que nos encontramos en una sociedad donde el modo de producción es eminentemente capitalista es que casi todos los bienes producidos lo son en forma de mercancía. De la oración precedente se pueden extraer dos conclusiones: Que la producción de mercancías no es ahistórica ni inexorable, es decir, está confinada a un tipo de formación social y que la forma mercancía tiene una serie de características especiales que la distinguen de otras formas de producción de bienes.

Las mercancías, por definición, son bienes producidos para el consumo ajeno. Es decir, el trabajo deja de estar enfocado en la producción de bienes que satisfagan sus propias necesidades y se centra en la producción de bienes o servicios que consumirán otras personas. Este hecho presupone dos fenómenos históricos: 1. Que las fuerzas productivas (la mano de obra y los medios técnicos de trabajo (herramientas, tecnología…)) han alcanzado cierto grado de desarrollo y 2. Que a partir de ese grado de desarrollo se ha posibilitado la aparición de la división del trabajo. Es decir, cada persona no se encarga de producir todos los bienes que le permitirán su propia subsistencia (como seguramente ocurría en sociedades prehistóricas), si no que se alcanza cierto grado de especialización. Así, para que cada individuo pueda gozar de toda la gama de bienes que le son necesarios para sobrevivir necesitará obtenerlos, al menos en cierta medida, de otros productores.

La producción de mercancías acarrea por tanto una nueva exigencia: La necesidad de intercambiabilidad de unas por otras. Además, como las mercancías son la forma principal de producción de bienes, se deduce que estos intercambios no se harán de forma puntual, si no que estarán completamente generalizados hasta el punto en que se hará necesario regirlos a partir de una serie de normas y a través de una serie de  mecanismos distribucionales, siendo uno de los más comunes el mercado.

Reflexionemos acerca de este hecho. Las mercancías se intercambian. Y no sólo se intercambian de manera azarosa si no que lo hacen de manera constante y en cantidades descomunales. Esto implica que los intercambios no pueden producirse de manera sistemática basándose en la conveniencia del comprador y del vendedor en cada caso, y menos aún cuando estos intercambios se producen a nivel mundial y con una serie de intermediarios quasi infinita. Tiene que establecerse una cierta proporción de intercambiabilidad entre mercancías lo suficientemente sólida y estable como para que este sistema de intercambio sea viable.

Por otro lado hay que constatar un hecho matemático: Para que dos elementos sean intercambiables en una cierta proporción deben 1. compartir al menos una característica común y 2. esta característica debe ser conmensurable.

Así, puesto que todas las mercancías son intercambiables entre sí en una determinada proporción, se deduce que todas las mercancías comparten, pues, una característica común. Esta característica común es la que permitiría establecer lo que Marx denomina valores de cambio, es decir, una determinada proporción de intercambio que en un mercado desarrollado se expresaría en la forma de precio (y que nos permite observar empíricamente como todas las mercancías son intercambiables entre sí. Por ejemplo, si un reloj vale 50 euros y un coche 5000, ambas dos serían intercambiables a razón de 100:1). Nótese, por última vez, que en la expresión 100 relojes = 1 coche está contenida una igualdad, y una igualdad sólo es posible en tanto en cuanto exista un elemento en común que rija los intercambios de manera cuantitativa.

¿Cuál es la característica común a todas las mercancías? Según Marx “[S]i ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo” y especifica “trabajo humano indiferenciado”, esto es, “trabajo abstractamente humano”

A priori, la afirmación de que la única propiedad común a todas las mercancías (si eliminamos el valor de uso, o sea, las propiedades físicas de las mercancías y las utilidades que de ellas se desprenden) es la de ser productos del trabajo puede parecer un poco sorprendente e incluso errada. Al fin y al cabo ¿Por qué no puede usarse como vara de medir la masa, el color, la forma, la energía imbuida en ellas o el hecho de ser objetos de deseo en mayor o menor medida (si es que esto pudiera realmente medirse)?

Una vez aclarado (insisto porque es importante) que para la sucesión de intercambios es necesaria la reducción a una “sustancia común” entre mercancías, se vuelve obvio que, además, esta sustancia común debe ser constante y aceptada socialmente a fin de que se puedan establecer leyes económicas que permitan regir el intercambio de una manera sistemática. No sólo, si no que, como sustancia común, y aunque sea tautológico, las únicas diferencias posibles entre mercancías en tanto que valores de cambio han de ser cuantitativas.

A la luz de esto, se vuelve evidente que sólo una propiedad social puede cumplir esa serie de características.

Marx dice: “Ese algo común no puede ser una propiedad natural –geométrica, física, química o de otra índole de las mercancías. Sus propiedades corpóreas entran en consideración, única y exclusivamente, en la medida en que ellas hacen útiles a las mercancías, en que las hacen ser, pues, valores de uso. Pero, por otra parte, salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. Dentro de tal relación, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier otro, siempre que esté presente en la proporción que corresponda”

En el momento de intercambio entre dos mercancías sus valores de uso desaparecen momentáneamente y se relacionan entre sí sólo bajo la forma de valor. Es cierto que en gran medida los intercambios se dan debido al interés de cada parte de disponer de los valores de uso de la mercancía a adquirir, pero lo que hace proporcionalmente intercambiable a cada mercancía por otra, su valor de cambio, no puede ser algo natural, si no que tiene, por fuerza, que estar constituido por algo enteramente independiente de sus valores de uso.

Pongamos un ejemplo: Dos mercancías cualquiera, un armario y una goma, comparten, entre otras cosas, la cualidad natural de presentar masa. La masa, además, es una característica conmensurable. Pero la masa no puede constituir la sustancia común a todas las mercancías en primer lugar porque no constituye una medida reproducible (si no cómo podríamos explicar que dos mercancías con la misma masa presentaran diferente precio) y en segundo lugar porque constituye una característica natural.

“[L]o que caracteriza visiblemente la relación de cambio de las mercancías es precisamente el hecho de hacer abstracción de sus valores de uso respectivos.”

Que el valor no es una determinación natural se infiere de que el intercambio, en primer lugar, es una relación social; los recursos no son intercambiables en la naturaleza per se. Así, “su objetividad en cuanto valores, por tanto, es de naturaleza puramente social” y, “dicha objetividad como valores solo puede ponerse de manifiesto en la relación social entre diversas mercancías”. En segundo lugar, porque sus características naturales solo son tenidas en cuenta en tanto que valores de uso, en tanto que son funcionales, y por ende solo pueden ser comparadas cualitativamente o, de ser propiedades conmensurables, no son capaces de constituir el eje vertebrador de los intercambios. Por último, que sus valores de cambio sean capaces de expresarse en un tercer elemento -el precio- nos indica que el valor solo puede estar constituido por una cualidad sobrenatural (ningún elemento natural puede expresarse, representarse de manera objetiva, no únicamente simbólica, en un tercero), es decir, puramente social.

A la hora del intercambio una mercancía no representa frente a la otra más que valor.

De la misma manera que con la masa ocurre con otras cualidades que, aún no siendo naturales, no pueden ser valor. Nos encontramos en este caso con uno de los argumentos esgrimidos por los austriacos, a saber, la valoración subjetiva de la utilidad. Las utilidades que dos diferentes sujetos del intercambio esperan de sus respectivas mercancías acostumbran a ser, sin duda, diferentes. Si A produce X y quiere Y, que es producido por B, con seguridad que A espera una utilidad de Y diferente de la que espera B, y viceversa. Pero ni las utilidades otorgadas por los compradores son cuantificables de forma alguna ni, sobretodo, son comparables entre sí. Las diferentes valoraciones subjetivas son diferencias cualitativas. Fenómeno curioso el que, al final del día, las mercancías siempre acaben refiriéndose entre ellas de manera cuantitativa, digamos, siendo X=20Y. La igualación sucede indistintamente de sus valores de uso.

Después de la explicación debemos retomar de nuevo el postulado inicial: La propiedad común a todas las mercancías es la de ser productos del trabajo.

                       Del valor de cambio al valor

Recapitulemos: Las mercancías se intercambias entre ellas en una determinada proporción. Hemos denominado a esa relación entre mercancías como valor de cambio, y dicho valor de cambio tiende a expresarse en una tercera mercancía, dinero, en forma de precio.

Y si son intercambiables es porque comparten una propiedad entre todas, la de ser productos del trabajo. Pero que el valor sea una propiedad puramente social no la hace menos objetiva. Las mercancías se relacionan entre sí a través del valor de cambio, pero en sí poseen valor.

Mientras que el valor de cambio es una relación proporcional el valor es una propiedad que, aunque depende de la existencia social de las mercancías (no es cualidad natural), puede identificarse de manera aislada.

“Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías, por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que ser una forma socialmente vigente”

Miremos más de cerca. “Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de esta. En la forma de sociedad que hemos de examinar (es decir, en la sociedad capitalista), son a al vez los portadores materiales del valor de cambio

“En primer lugar, el valor de cambio se presenta como relación cuantitativa, proporción en que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, una relación que se modifica constantemente según el tiempo y el lugar. El valor de cambio, pues, parece ser algo contingente y puramente relativo, y un valor de cambio inmanente, intrínseco a la mercancía, pues, sería una contradicción […]” (el énfasis es mío)

Pero es precisamente esta relación cambiante entre mercancías la que da cuenta de la existencia de un contenido diferenciable, aislado en cada mercancía. Así, que un abrigo = 4 zapatos, pero también = 2 pantalones y un pantalón = 2 zapatos indica, primero, que el valor de cambio de cada mercancía se mantiene inalterable para sí (ceteris paribus, es decir, suponiendo que el resto de condiciones permanezcan inalteradas), y que esos valores de cambio se expresan en distintas proporciones pero denotan la existencia de una magnitud común entre todas ellas. El valor de cambio revela, por tanto, que dos mercancías son igualables como valores de cambio a una tercera magnitud que es independiente pero que está contenida en cada mercancía y permite su intercambiabilidad.

Ya hemos explicado en el anterior apartado que la sustancia común a todas las mercancías y que permite su intercambio es el hecho de ser productos del trabajo. Ahora podemos seguir ahondando un poco más.

“[S]i ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. […] Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Este producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; estos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano diferenciado, a trabajo abstractamente humano.” (el énfasis es mío)

Y sigue “Examinemos el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan solo nos hacen presente que en su producción se empleo fuerza de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.

El valor de cambio se torna la forma de manifestación de una propiedad que tienen todos los productos del trabajo, todas las mercancías, el valor. Pero el valor ya no es trabajo humano, si no, en tanto que sólo está presente por su carácter social, trabajo “abstractamente humano”, trabajo en general, despojado de sus características concretas, de forma que todos los trabajos independientemente de su naturaleza particular sean reducibles a una sustancia común.

Ahora bien, dijimos que uno de los requisitos de la sustancia común debía ser su conmensurabilidad. A esto Marx responde “Un valor de uso o un bien, por ende, solo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de «sustancia generadora de valor» -por la cantidad de trabajo- contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.”

Por lo tanto, es el tiempo de trabajo gastado en la producción de una mercancía lo que determina su valor. Pero como hemos dicho antes, el trabajo ha perdido su condición de concreto, ha transmutado a trabajo indiferenciado, y así ha sido también con la energía gastada en él. Cada una de las fuerzas de trabajo individuales es igual a las demás. Así, contará como valor el tiempo de trabajo promedio necesario para la producción de una mercancía. Tanto da que un constructor vago se tire 2 horas más que otro para la construcción de una mesa, el valor viene determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía; es decir, el tiempo en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado medio de destreza e intensidad.

Dos mercancías que requirieran el mismo tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción tendrán el mismo valor.

Lo que se ha explicado hasta aquí constituye uno de los pilares fundamentales de la escuela marxista, a saber, la teoría del valor trabajo, o TVT de ahora en adelante.

No está de más comentar que esta parte era posiblemente la más complicada de todo lo que se explicará en esta entrada y, que si se comprende, el resto será mucho más simple.

 

 

 

 

 

 

*La entrada se irá actualizando*

  1. Prólogo a la edición francesa del primer volumen de El Capital, Karl Marx.

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